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 Marcela  “Mimi”  Pierpont, the author’s grandmother.

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Marcela “Mimi” Pierpont, the author’s grandmother.


The Importance of Día de los Muertos

Celebrating Memories of Lost Loved Ones


In 2000, I moved back to my hometown of Santa Barbara after spending 10 years abroad in Central America. We returned to our house, which we had sublet, and unpacked more than 100 boxes containing our many belongings including toys, books, and kitchen appliances; there were also family heirlooms my abuelita Mimi had left me when she passed away.

Mimi was my father’s mother, and she lost her long battle to cancer when I was just 6 years old. Heartbroken that she wouldn’t be able to see her grandchildren grow up, on her deathbed she inscribed messages on nearly everything she left us ​— ​sweet notes professing her love, sharing advice, and wishing us the best in our lives. My favorite keepsake from her was a mid-century book on Mexican graphic art. Her dedication read: “For Nicole, so she can remember her Mexican roots and realize how beautiful it all can be. Besitos y Bendiciones, Mimi.” When I read this, I was sad to realize that I knew nothing about Mimi or my Mexican heritage, but I also took it as encouragement to learn.

I regularly flipped through the books she’d left me. I found myself most drawn to the images of José Guadalupe Posada, the godfather of arte popular. The pages were filled with his famous skeletons laughing, dancing, drinking, and enjoying the afterlife. I was especially taken by Posada’s work because I was born on Día de los Muertos.

On our first Día de los Muertos back in Santa Barbara, I built an altar for my grandmother, filling it with all the books, photos, and keepsakes she had left me. We invited family and friends to come over, eat pozole and tamales, drink tequila, and reminisce about the people we had lost. While building the altar, I felt a strong connection to Mimi and my Mexican family. Since then, I have built an altar every year, continually learning more about my grandmother, my heritage, and this beautiful celebration I hold so dear.

Years later, when I was in my twenties, as I was building my annual altar, I was overcome with the feeling of intense loss. I studied the family photos of people I had never met and wondered what their stories were. At that moment, my mother came into the room and gave me a manila envelope that had arrived in the mail that day from my uncle. I was surprised, since my uncle and I weren’t very close and he had never sent me anything before. I opened the package to find letters my grandmother had written to her family on her deathbed that told of the lives of our ancestors. As I read them, I realized that many of those stories were of the people in the family photos I had placed on my altar.

One story was of Mimi’s great-grandfather, Fransisco Leon Tamayo, who had been born in Cuba. He was a well-respected general in the Cuban revolution against Spain but had unfortunately been caught during a fierce battle and then executed. Before he was killed, he was given a final wish. He asked to have his photo taken with the Cuban flag and that the image be sent to his pregnant wife in Mexico. He also asked that if the baby were a girl, she be named Maria, after his mother. His wife gave birth to a girl, and she was named Maria. His photo on my altar showed his intense, determined eyes looking into the camera, moments before he was shot in the head. A monument was built in his honor in Cienfuegos, Cuba.

For 16 years now, I have practiced the tradition of building an altar for my lost loved ones. I believe that it is important to keep their memories alive, to reflect on those who have come before us, and to realize that we will not walk the earth forever and should therefore enjoy life as much as we can.

As the Mexican saying goes, “In our tradition, people die three deaths. The first death is when our bodies cease to function; when our hearts no longer beat of their own accord, when our gaze no longer has depth or weight, when the space we occupy slowly loses its meaning. The second death comes when the body is lowered into the ground, returned to Mother Earth, out of sight. The third death, the most definitive death, is when there is no one left alive to remember us.”

Fransisco Leon Tamayo
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Fransisco Leon Tamayo

En el año 2000, regresé a Santa Barbara después de haber pasado 10 años en Centroamérica. Regresamos a nuestra casa y desempacamos más que 100 cajas llenas de libros, juguetes y muchos recuerdos de familia; entre ellos muchas cosas que mi abuelita Mimi me había dejado a mí como herencia después de su muerte.

Mimi era la mama de mi papá, originaria de la Ciudad de México. Ella murió de cáncer cuando yo tenía apenas cinco años. Poco antes de morir y muy triste porque no iba a ver a sus nietos crecer, ella escribió muchos mensajes y cartas en los libros para cada uno de nosotros ​— ​pequeñas notas en la que nos decía cuanto nos quería, dándonos consejos y deseándonos lo mejor en nuestras vidas. Mi recuerdo favorito que ella me dejó es un libro de los años 50 sobre el taller de las artes gráficas mexicanas, su dedicación dice así: “Para Nicole, para que se recuerde de sus raíces Mexicanas y para que realiza como bello es. Besitos y Bendiciones, Mimi.» Cuando yo leí esta dedicatoria, me dí cuenta que yo no sabía casi nada sobre Mimi y mis raíces mexicanas; por eso decidí aprender y buscar respuestas e información.

Regularmente yo me ponía leer los libros que Mimi me dejó. Uno de mis recuerdos favoritos era un libro de José Guadalupe Posada. Entre sus páginas encontré Catrinas y Catrines, esqueletos de ricos y pobres, divirtiéndose, bailando, comiendo y bebiendo aun después de la muerte. Me intrigo la obra de Posada puesto que yo nací en el propio Día de los Muertos.

Durante nuestra primera Celebración del Día de los Muertos al llegar a Santa Bárbara, yo monté un altar para honrar a mi abuelita Mimi, llenándolo con todos los recuerdos, fotos y libros que ella me dejó. Invitamos a familiares y amigos a venir a celebrar con nosotros, comer pozole y tamales, beber tequila y recordar la gente que habÍamos perdido. Al decorar este altar familiar, yo sentí una conexión muy fuerte con mi abuelita y a mi familia mexicana, mis raíces y nuestras tradiciones, incluyendo el Día de los Muertos que celebramos todos los años.

Muchos años después, mientras preparaba el altar para nuestra celebración, me puse muy triste al ver las fotos de tantos familiares ya muertos y que yo nunca conocí y pensé en sus historias. En ese momento, mi mamá entró al cuarto y me dio un sobre de manila que acababa de llegar por el correo, me lo mandaba mi tío y estaba lleno de cartas que mi abuela que había escrito antes de morir. Las letras contaban infinidad de historias de muchas de las personas en las fotos de mi altar!

Una de esas historias era sobre el bisabuelo de Mimi, Francisco Leon Tamayo, nacido en Cuba originalmente, un general en el ejército Cubano de independencia contra España. Fue hecho prisionero por los Españoles en una de las sangrientas batallas y como último deseo antes de ser fusilado, él pidió que le tomaran una foto con la bandera Cubana y que esa imagen fuera enviada a su esposa en México que estaba esperando a su primer hijo. También pidió que si el bebé era niña, la llamaran María. Su foto estaba en mi altar, blanco y negro desvanecido, sus ojos fijamente viendo a la cámara momentos antes de su ejecución.

Los últimos 16 años yo he mantenido la tradición de montar un altar para mis difuntos. Yo pienso que es muy importante mantener los recuerdos y memorias de ellos vivas. Tenemos que reflejar y meditar sobre los familiares que ya no están con nosotros. Es importante entender cuan fugaz es la vida, y por lo cual tenemos que disfrutar todos nuestros momentos y familia mientras podemos.

Como dice el dicho, “En nuestra tradición mexicana, morimos tres veces. La primera vez es cuando nuestros cuerpos dejan de respirar; cuando nuestro corazón deja de palpitar y cuando nuestra mirada no tiene más profundidad o peso, cuando el espacio que ocupamos en el mundo no tiene más significado. La segunda muerte viene cuando el cuerpo es enterrando y regresa a nuestra madre tierra. La tercera muerte y la más definitiva de todas es cuando todos nuestros amigos y familiares mueren y no hay nadie que nos recuerde.”



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